Hace unos meses comentaba el concierto de Metallica en el Getafe Electric Festival. Después de haber perdido la fe en la banda, la verdad es que disfruté de aquel concierto más de lo que me esperaba. Los californianos decidieron ofrecernos en esa gira un repertorio lleno de clásicos, reduciendo al mínimo la presencia de sus fiascos de los últimos años.

Sin embargo, de vuelta de ese concierto realmente pensaba que con el nuevo disco volveríamos a los Metallica más recientes, perdidos y sin rumbo. Los Metallica que vieron cómo sus cifras de ventas eran inversamente proporcionales a su inspiración y cómo su masa de seguidores cambiaba para acabar compartiendo escena con Avril Lavigne o Limp Bizkit…

El nuevo disco fue anticipado intensamente, aprovechando las posibilidades de internet: poco a poco nos iban dando pequeñas “píldoras” que indicaban por dónde irían los tiros. Y la verdad es que desde un principo no sonaba nada mal. Pero si algo captó mi atención fue un nombre: Rick Rubin. Este hombre ha convertido en oro todo lo que ha tocado, y ha sabido sacar lo mejor de los músicos a los que ha producido. Como prueba, sólo citar algunas de sus obras: Reign in blood, Blood Sugar Sex Magik, las American Recordings de Johnny Cash… Éste tipo sabe lo que hace, y posiblemente era el único que podía sacudir los culos de las estrellitas caprichosas y lloronas en las que se habían convertido nuestros viejos héroes.

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Pues bien, a tenor del resultado, parece que lo ha conseguido. Se dice que lo primero que hizo Rubin fue sentar a los cuatro componentes de la banda en una “máquina del tiempo” y hacerles pensar que el nuevo disco sería la continuación al Master of Puppets, y que imaginasen qué harían entonces. Toda una terapia de regresión que parece haber dado sus frutos, porque el disco que se han marcado es, en mi opinión, lo más potente que han hecho en casi 20 años. De hecho, a nivel musical yo lo situaría entre …And Justice For All y el Black Album.

En líneas generales, el álbum es muy cañero, los 10 temas que lo componen son la mayoría de larga duración, llegando algunos a 8 y 9 minutos, y bastante técnico. Esto es precisamente lo que lo liga con …And Justice For All. Rompiendo con la línea más directa y básica que quisieron marcar con el penoso St. Anger, aquí han vuelto los solos de guitarra, los riffs poderosos y los fragmentos instrumentales que tanto abundaban en aquel album.

En cuanto a las canciones, se podría destacar la inicial That Was Just Your Life, que es el inicio cañero que todo buen disco de Metallica debe tener. En esta línea más thrash también destacan All Nightmare Long, The Judas Kiss y el cierre demoledor de My Apocalypse. A mí me gusta particularmente Broken, Beat & Scarred, principalmente por sus riffs demoledores. El primer single, The Day That Never Comes, puede llegar a parecer un revuelto de One y Fade To Black, pero la parte instrumental está realmente bien. Como única parte más baja del disco mencionaría The Unforgiven III. La verdad, en un disco tan potente como este, donde ninguna canción te da tregua, no veo cabida para una balada que comienza con un piano. El único efecto que tiene es el de un frenazo en seco. Aparte de esto, el tema en general no es demasiado inspirado.

En resumen, parece que Hetfield y compañía lo han vuelto a hacer, tantos años después. Al contrario de lo que esperaba, tengo ganas de que pase por aquí la nueva gira para escuchar los nuevos temas en directo. Uno de ellos seguro que será este The Day That Never Comes:

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