Creo que fue la única vez que fui solo al cine. Y fue toda una experiencia. Primero porque teniendo en cuenta que era una tarde de verano, y lo poco comercial de una película de estas características, tenía toda la sala para mí. Y segundo, porque desde que se apagaron las luces, y comenzó ese viaje frenético por esa oscura carretera perdida, con el “I’m Deranged” de Bowie de fondo, el loco de David Lynch me introdujo a un mundo paralelo, donde todo es posible, y donde lo real se junta con lo sobrenatural. Como en la mayoría de sus películas, cualquier intento de interpretación es una pura osadía. Simplemente, hay que dejarse llevar por la imaginación y las sensaciones.

Pero ahí no había sólo una película. Muy atento siempre a la música, Lynch necesitaba una banda sonora acorde con la oscuridad y el aire insano, tenebroso de su nueva obra. Era 1997, así que qué mejor que dejar la banda sonora en manos del nuevo príncipe oscuro Trent Reznor. Y cómo no, ahí tenemos a un Marilyn Manson en su verdadero momento cumbre, unos Smashing Pumpkins todavía inspirados, y sobre todo, a unos Rammstein aún desconocidos, pero que resultan ser el auténtico núcleo sonoro de la película. Pocas veces el sonido de un grupo ha casado tanto en una película. Todavía me entran escalofríos al escuchar “Rammstein” y “Hierate Mich”, verdaderas responsables de que por una temporada estuviese obsesionado con estos garrulos germanos.

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